miércoles 26 de abril de 2006

Crónicas de Barcelona - II. Llegada



Los que hayáis seguido la misma ruta, coincidiréis conmigo: la entrada a Barcelona viniendo desde la AP-7 es, sin concesiones, fea. Después de un hermoso periplo por las comarcas tarraconenses, uno se adentra en el cinturón industrial metropolitano (Martorell, Sant Feliu de Llobregat, Espulgues, L’Hospitalet…) y nada anticipa la belleza de la urbe. Mientras cruzamos la zona (fábricas humeantes, polígonos industriales, bloques de cemento, torres eléctricas...) para llegar a nuestro destino pienso, sin embargo, que pese a su fealdad este entorno supone un engorroso pero necesario recordatorio de los orígenes la ciudad, levantada con el sudor y la sangre de gente humilde venida de todas partes, como lo fue mi familia materna, emigrantes valencianos que labraron su futuro jornalero en la Barceloneta, antes barrio pescador y hoy vibrante lugar de playas y paseos. Gente que propició el auge de una burguesía empresarial y cultural que levantó la Barcelona hermosa, monumental y abierta que hoy conocemos. Este batiburrillo de orígenes y culturas, sustentado en una historia milenaria, confiere a la ciudad un encanto cosmopolita único e irrepetible. También constituye un testimonio indeleble de tolerancia y un aviso a los que navegan por mares de exclusión y se arrogan pretendidos orígenes a menudo reinventados. En este sentido, la reciente aparición de la plataforma Ciutadans de Catalunya demuestra que esa inquietud la compartimos muchos barceloneses.



Nos dirigimos a Poble Nou, uno de mis barrios preferidos, pero antes nos espera un recibimiento que, bien mirado, tiene tintes de broma pesada. Una década sin pisar mi ciudad natal, más de una década cumpliendo escrupulosamente las normas de tráfico, y recién entrado en mi tierra, va y los Mossos d’Esquadra nos dan la bienvenida con un multazo por conducir despistado mirando los avisos mientras pisaba durante varios metros una línea continua de incorporación. Ni excusas ni nada: sin apiadarse de nuestra condición de recién llegados y con mucha educación nos clavan noventa euros que podemos, por supuesto, pagar de inmediato. Las facilidades para hacerlo son enormes: in situ en metálico o ¡con tarjeta!, en cualquier oficina de “La Caixa” (como no), por Internet en el Servei Català de Trànsit, etc. Ya conocía por boca de mis paisanos el afán recaudatorio de esta “policía de diseño”, un cuerpo de seguridad joven, de eficacia desigual y muy politizado, pero no por ello la multa me duele menos en el alma y ensombrece (sólo por unos minutos) la enorme ilusión de la llegada. Ya se sabe: estoy de nuevo en mi tierra, en Catalunya. Y allí, “pagant Sant Pere canta… amb permís del capellans”.

Superado el disgusto, proseguimos nuestro camino. Es justo comentar que, ya sea por la citada vigilancia y presión recaudatoria de la "mossería" (que algo de eso hay) o por un mayor sentido cívico (que también), conducir por Barcelona es menos agobiante que en Madrid: da gusto circular por la Ronda Litoral con tus vecinos automovilistas respetando los límites de velocidad, sin energúmenos haciendo sonar la bocina porque vas muy lento o pillándote el rebufo y rebasándote a izquierda y derecha como pilotos de Fórmula I. Más tranquilidad. Más motociletas y algunos coches menos. Más bicis en la calzada. ¡Hasta tranvías que no necesitan blindaje para moverse con seguridad! Para ser justos, las dimensiones y población de la ciudad también ayudan, así como la planificación viaria, con la emblemática cuadrícula del Eixample como ejemplo y la referencia ineludible del mar y las colinas circundantes. En Barcelona, si te pierdes, siempre puedes ir hacia arriba o hacia abajo. Fijada la línea ascendente o descendente, tienes la izquierda y la derecha para ubicarte. Para un negado en la orientación como yo, esta disposición espacial ha sido una gran ayuda.

Y por fin entramos, vía Hospitalet. ¡Vaya! Obras monumentales, un IKEA y un megacentro comercial. Nada nuevo en el panorama, la verdadera globalización no respeta identidades metropolitanas. Seguimos hacia la Plaza España, llegamos al Paralelo y empiezo a sentir como mi corazón se encoge. Ahora sí reconozco lo que veo. Es parte de mi piel, de mi cerebro, de mi sangre.

Ya estoy en casa. Con mi mujer y mi hija. Mis ojos se humedecen.

Nos acercamos al Paseo Marítimo. A través la neblina acuosa, sufro un efecto óptico inquietante: me parece ver a Colón girando en su pedestal y señalándome con un dedo acusador. Y en ese mismo instante juro que no volveré a tardar diez años en regresar.

martes 25 de abril de 2006

Walt

Por razones domésticas (redecoración de la casa) y laborales, no he podido terminar mi primera crónica barcelonesa ni visitar los blogs amigos. Mi poco tiempo libre lo he empleado en leer y descansar. En dichas lecturas figura mi adorado Walt Whitman, y entre sus poemas os transcribo uno que me es muy cercano:

¿Habéis pensado que es una suerte haber nacido?
Pues yo os digo que morir no es suerte peor, y sé a que me refiero.
Agonizo con los que mueren y nazco con los niños a quienes los pañales recogen.
Mi yo es sólo lo que hay entre mis botas y mi sombrero,
Examino la variedad inmensa de lo existente: nada hay igual y todo ello es bueno,
Buena la tierra, buenos los astros y cuanto ellos contienen.
Yo no soy sólo tierra, ni lo que hay en la tierra:
Soy el esposo y el compañero de todo ser humano, inmortal e insondable como yo.
(Ellos ignoran que son inmortales, pero yo lo sé)
Cada especie para sí y para lo suyo, para mí los hombres y las mujeres de mi especie.
Para mí los adolescentes que acabarán amando a las mujeres,
Para mí el hombre orgulloso que no puede consentir que le desprecien,
Para mí la la novia y la virgen madura, para mí la madre y las madres de las madres,
Para mí los labios que saben de sonrisas y los ojos que conocen las lágrimas,
Para mí los niños y quienes los engendran.
Desnúdate.Yo no te veo culpable, ni marchito, ni inútil;
Además puedo verte a través de tus ropas.
Y te cerco constante, codicioso, incansable.
No me puedes echar.

Buenas noches.

viernes 21 de abril de 2006

Sorpresa

Una buena compañera y amiga me llamó, recién incorporado al trabajo, para darme esta maravillosa sorpresa. Hoy iba a publicar mi primera crónica barcelonesa, pero la sustituiré temporalmente por la noticia que apareció en el diario La Razón el día 10 de este mes. Permitidme una pequeña ración de orgullo y presunción (en este momento la baba paterna se derrama en plan torrentera y Rythmduel se hincha cual pavo cebado):

martes 18 de abril de 2006

Crónicas de Barcelona - I. Introducción


Marco Valerio Marcial escribió: “poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces”. Regresar a Barcelona después de una ausencia imperdonable de diez años ha significado exactamente eso. Visitar de nuevo los lugares en los que transcurrieron mi infancia y adolescencia, contrastar mis recuerdos con la realidad, tamizar todas esas sensaciones bajo el prisma que otorga un cierto bagaje existencial y hacerlo además acompañado de mis seres queridos, ha supuesto una enriquecedora catarsis personal y familiar. Todo ello me impulsa a compartir con vosotros las impresiones que he ido recogiendo durante estos cuatro intensos días. No es una relación exhaustiva de acontecimientos ni una descripción de lugares ni personajes. Se trata más bien de pinceladas impresas en el alma, de soplos emotivos, de apreciaciones subjetivas sobre mi ciudad. No encontraréis aquí una mirada nostálgica, sino inquisitiva, curiosa y abierta. Mis paisanos podrán o no coincidir conmigo. Ésa es precisamente la magia de esta gran urbe: no hay una sola Barcelona. Hay tantas como las culturas, razas, religiones e ideologías que la pueblan.

lunes 10 de abril de 2006

Akbatalbacar

Amigos, llegó la hora de mis vacaciones de Semana Santa. Me voy con mi familia a Barcelona, después de muchos años de ausencia. Necesito revivir mi ciudad, tomarle de nuevo el pulso, enseñarle a mi hija donde nací y donde viví, donde jugué, estudié y amé por primera vez. Sueño con ello desde hace tiempo. También lo hago por mi madre. Sé que a ella le hubiera gustado que su nieta conociera su antiguo hogar. La semana que viene estaré de regreso. Entretanto, os dejo con un texto atípico, diría que casi un ejercicio formal, un intento de relato histórico con algunas notas de misterio y magia (ahora que tan de moda está el género), escrito por puro placer. Casi todo lo que se cuenta en él y la gran mayoría de sus personajes son verídicos. El resto es responsabilidad exclusiva de la calenturienta imaginación del autor.

¡Hasta pronto!






Este relato es una trascripción libre del manuscrito encontrado por el Dr. Tomeu Reixa el 17 de septiembre de 1983 en un tenderete dominical del Mercat de Sant Antoni de Barcelona. Dicho documento se halló en el interior de una caja de ébano, junto a una antigua pieza de ajedrez. Se trata de una talla de jaspe guarnecida en plata, muy hermosa, representando un rey ataviado con ropajes típicamente bizantinos. El rey, que porta un cetro en su mano izquierda, se encuentra entre dos cortinas sujetadas por sendos vasallos. Según las investigaciones realizadas por M. Tapies, la figura data de mediados del siglo X y su procedencia se presume definitivamente oriental, hecho que viene corroborado por la casi invisible inscripción árabe grabada en su parte inferior: <<En el nombre del Señor clemente y misericordioso>>, la fórmula musulmana de encabezar los escritos que tiene su origen en el Corán. El autor del manuscrito dice ser un tal Wimarano, hispano de la antigua Septimania al servicio de Armengaudo o Armengol, Conde de Urgell, hermano de Ramón Borrell III Conde de Barcelona, descendientes ambos por línea paterna del legendario Vifredo el Velloso. La autenticidad del escrito parece venir refrendada por el escudo de armas que figura en la tapa de la caja, jaquelado de oro y sable, el escudo de Armengol.


En el vigésimo día del mes de julio del año mil diez de Nuestro Señor, yo Wimarano, hijo de Ramiro, doy testimonio de la inmortal belleza de Medinat al-Zahara, la ciudad de las flores. Acompaño el tránsito hacia la Gloria de Dios de mi señor Armengol, Conde de Urgel, Afranc, Bermond y Armengudi, de cuyas gestas siempre hablará la fama en días venideros. Desde aquí, en lo alto del cerro que domina los jardines del Genat al Aryf, podemos admirar el pabellón del califa y sus columnas de mármol blanco y capiteles dorados. Mi corazón atribulado no acierta a comprender que tales maravillas hayan nacido de almas infieles y oscuras. Zahara, Zahara, ¡cuán bella debiste de ser, esclava, para que el poderoso Abderrahman, subyugado, te ofreciera este palacio; cuán fragante para donarte estas fuentes, estos bosquecillos de laureles, arrayanes y mirtos; cuán pura para construirte estos estanques y lagos en que se pintan las frondosas copas de los árboles y las nubes del cielo!. Zahara, en tus entrañas mándame el Conde enterrar esta caja, testimonio de una amarga victoria. Con ella doy sepultura yo también a estas palabras, como advertencia a los hombres que han de venir de no someter alma y destino a los caprichosos azares del juego y la fortuna.
Retornaré ahora a Córdoba con mi señor cumplida ya la póstuma voluntad, para que tenga buena muerte cerca de los suyos. Allí le aguardan su hermano Ramón y su cuñada Ermesindis, la de sin par belleza; el Conde de Besalú, más que un amigo; sus valerosos caballeros y sirvientes, y también Muhammad ben Hixam, El Madhí, al que vinimos a socorrer y por quien se ha derramado tanta noble sangre cristiana. Todos aguardan para honrarle. Todos menos aquel cuyo nombre mi señor pronuncia en su delirio. Saddilz-Allah, Saddilz-Allah…, la impía sombra que atribula nuestro corazón en estas aciagas jornadas.

*

Dos mañanas ha que apareció el infiel en la tienda de mi señor. Habíamos acampado a cuatro leguas de Córdoba, en un alto que nos permitía vigilar el terreno circundante. Veníamos agotados por la dureza del viaje pero con ánimo presto en auxilio de El Madhí para recuperar la ciudad mora, que le había sido arrebatada por los perros berberiscos de Sulayman ben-Hakam y una fuerza de conspiradores castellanos, que Dios los confunda. Éramos nueve mil cristianos y treinta mil muslimes llegados de Valencia, Murcia y Toledo, una hueste temible y poderosa. Mi joven señor ardía por entrar en batalla y no cejaba de incomodar a las tropas, necesitadas de descanso.
Aquel árabe de túnica oscura se presentó al romper el alba. Dijo venir enviado por la Condesa de Barcelona, a ofrecer reconocimiento y homenaje a mi señor y a pedirle una entrevista. Accedí a anunciarlo de mala gana, pues tengo a los moros por indignos y taimados, pero el Conde le hizo pasar prestamente como invitado de honor, visto el salvoconducto que ostentaba.
<<Sé bienvenido, extranjero. ¿Quién sois, qué os trae a mi presencia y de qué conocéis a mi señora la Condesa Ermesindis?>> preguntó mi señor Armengol. El hombre se descubrió y saludó con una leve reverencia, al estilo arábigo. Debía de tener unos cincuenta años. Era alto, muy robusto, de rostro moreno y bellas facciones. Ojos de azabache, sonrisa franca, voz grave y modulada que hablaba la lengua de oc con singular elegancia. A mi entender era otro de los herejes engendrados por Mahoma, pero me guardé de opinar en su presencia.
<<Mi nombre no es importante, Conde Armengol. Soy conocido por los míos como Saddilz-Allah, y así podéis llamarme. Vengo a ofreceros un presente digno de la fama que os precede, y en cuanto a vuestra cuñada, fui gran amigo de su padre Roger, Conde de Carcasona. Teníamos una pasión común que vos también compartís>>
<<¿Saddilz-Allah, decís? Creo que ese nombre significa ”Testigo de Dios”. Impropio de un pagano ¿no os parece?. Es extraño, mas no recuerdo haber oído hablar de vos. ¿Cuál es esa pasión que acabáis de mencionar>>
De una bolsa de cuero que llevaba a su espalda, el sarraceno extrajo con gran cuidado un envoltorio de paño, que desdobló a nuestros pies. Y allí se descubrió la maravilla que portaba, la cual tuvo la virtud de robarnos el habla.
<<Ah, Squachs>> murmuró mi señor con voz temblorosa, impropia de un caballero. Pues lo que Saddilz-Allah nos mostraba era sin duda el más suntuoso y rico juego de escaques que mis ojos, y con seguridad los de mi joven Conde, habían jamás contemplado. Todos los elementos eran de maravillosa labor. El tablero hallábase labrado en plata con cuadros engastados de jaspe y cristal adornado con perlas, con cuatro leones de plata y cuatro pies del mismo cristal. Las piezas, de jaspe y plata y talla exquisita, venían en dos bolsas de hilo de oro.
<<Vuestro es>> añadió el moro. <<Como acabo de deciros, el valor que derrocháis en el campo de batalla es tan legendario como vuestra destreza en este juego de reyes. Nunca habéis sido vencido, según cuentan.>>
<<Nadie ofrece algo a cambio de nada, extranjero>> aventuró mi señor recuperando la compostura, fascinado por aquel tesoro pero reacio en aceptarlo. <<¿Qué queréis en compensación por este valiosísimo presente?>>
<<Solamente jugar con vos>> repuso Saddilz-Allah, inclinando la cabeza.
<<Nunca juego antes del combate>> objetó mi señor con el rostro ensombrecido.
<<Vengo advertido por Doña Ermesindis, señor. A ella le ofrecí estos escaques pero los rechazó por no considerarse una digna contrincante.>>
<<Debéis de ser un jugador temible si mi señora, tan hermosa como enérgica, no osa retaros>> aventuró, algo más dispuesto, mi joven Conde.
<<En realidad fui su maestro en este noble arte, al igual que lo fui de su padre.>>
<<Es hermoso y tentador>> respondió mi señor contemplando las piezas colocadas en el tablero.
<<Ach-chitrend>> pronunció el extranjero, sentándose en el suelo. <<Es un juego, Conde Armengol. Sólo un juego. Juguemos.>>

*

Empezaron la partida ya bien entrado el mediodía, después de un frugal ágape. Se asentaron fuera de la tienda bajo la sombra aromática de un gran alerce. Desde allí podían contemplarse las colinas cercanas, pletóricas con el verdor y los colores del estío.
<<Esta tierra es un vergel bellísimo y agradecido, extranjero>> comentó mi señor, admirando el esplendor de la tarde. <<Mi corazón se apena. Mañana mis hombres deberán regar este lugar con su sangre, tan lejos del hogar. Dios lo quiere así.>>
<<La sangre de vuestros guerreros es tan roja como la de los sarracenos, y ésa correrá también, joven Armengol. Creedme si os digo que todos estamos aquí no por designio divino sino por humanas tribulaciones>> respondió osadamente Saddilz-Allah. <<Os hablo de poder, de riqueza, de un reino fabuloso que agoniza mientras otros luchan como perros por arrebatarle los restos de su pujanza.>>
<<Mis obispos no dudarían en destriparte, infiel, por tus palabras>> le amonestó mi señor, aunque sin ira.
<<Decidle a vuestros obispos que mañana los cristianos batallarán codo con codo con los hijos de Alá, a los que tanto aborrecen, y con ese acontecer los valerosos brazos catalanes se dispondrán a favor del mejor postor de entre los competidores musulmanes.>>
<<Así es y por desgracia os lo concedo, pero no oséis repetirlo de nuevo. Ahora callad, y juguemos.>>
La partida se prolongó hasta el anochecer. Tuvimos que disponer faroles para iluminar el lugar, porque los dos contendientes no quisieron regresar al interior de la tienda. Solamente se levantaban para dar cortos paseos y aliviar el cuerpo en silencio, siempre en silencio, con los rostros concentrados, enfierecidos. Ya cantaban los grillos cuando, por fin, uno de los jugadores habló.
<<Schah mat>> pronunció Saddilz-Allah con voz grave, incorporándose. <<Una gran batalla, joven Conde, digna de grandes laudes. Sois un extraordinario jugador.>>
<<Pero he perdido>> se lamentó mi señor, con rostro demudado. <<Un mal presagio.>> En su mano sujetaba el rey vencido, que parecía palpitar bajo la luz de los candiles. <<No deberíamos haber jugado, extranjero.>>
<<No os incomodéis, Conde, ya os advertí que sólo es un juego. Un juego como la misma vida. Admite al igual que ella infinitas posiciones y finales, y nada puede avanzaros del destino. Éste debéis labrarlo con vuestra sabiduría y acierto, pero no dependéis solo de vos, porque siempre habrá alguien retándoos al otro lado. Sin embargo, sí podéis extraer en el camino valiosas enseñanzas. Mirad.>>
Saddilz-Allah colocó las piezas en una posición determinada, tal y como debían de haber figurado varias jugadas antes.
<<¿Recordáis esta posición?>> le preguntó a mi señor, que se había arrodillado.
<<¿Podéis recordar todos los movimientos?>> inquirió el Conde, sorprendido.
<<Tengo esa habilidad>> respondió el árabe, y en su voz no había orgullo, sólo cansancio. Señaló con un dedo el tablero. <<Estamos en un momento importante de la partida, mi señor. Habéis dispuesto un excelente y aguerrido ataque, digno de vuestro ímpetu juvenil. Un jugador más inexperto hubiera sucumbido bajo vuestra acometida, yo mismo estuve en serio trance. Pero observad un momento vuestro flanco izquierdo. La posición de las piezas es débil allí. Vuestros peones no ofrecen a su Rey el debido resguardo y tenéis un alfil encadenado en una esquina. Con los caballeros y la torre comprometidos en el acoso a mi Rey, la situación resulta grave al menor descuido. Vuestros siguientes movimientos han sido precisos, pero no habéis advertido que os estaba tendiendo una celada.>> Saddilz-Allah iba moviendo las figuras al tiempo que relataba el juego con precisión de matemático. Mi señor asentía, callado. <<Aquí, en este punto, os he ofrecido mi último caballero, que al punto habéis capturado, y ésa ha sido vuestra condena. Sólo he tenido que avanzar la torre y acompañarla con mis huestes. Así.>> Y el árabe remató la partida, recogiendo el Rey vencido y entregándoselo a mi señor. <<El valor probado no siempre resulta en justa victoria.>>
<<Me maravilláis, extranjero. Sois un hombre extraordinario. Intentaré recordar vuestras enseñanzas.>>
<<Quizás debáis hacerlo pronto, joven Armengol.>>
En ese instante, el pequeño monte frente al que los dos hombres conversaban se iluminó con el fulgor de una lluvia de estrellas que atravesaba el cielo. Saddilz-Allah se adelantó unos pasos y levantó los brazos.
<<Akbatalbacar>> pronunció en su lengua. <<La Colina de los Bueyes. Mañana ése será tal vez vuestro tablero>> añadió volviéndose hacia mi señor, presto a despedirse. <<Recordad>> sentenció al fin. <<Es sólo un juego. Un juego. Como la vida.>>
El árabe desapareció a buen paso valle abajo. Con un estremecimiento, reparé en el silencio que nos envolvía. Hasta los grillos habían callado.

*

Al alba dispusimos nuestras fuerzas. A la cabeza de los catalanes, mis valerosos señores los Condes Ramón y Armengol. Con ellos, el Conde de Besalú y nuestros hombres de fe, al frente de sus propias banderas: los obispos Aecio de Barcelona, Odón de Gerona y Arnulfo de Vich. Por primera vez los estandartes de Cataluña se reflejaron majestuosos en las aguas del plácido Wad el Kebir. A nuestra diestra, el ejército de Muhammad maniobraba sin mucho orden en el valle, circunstancia que aprovechó Sulayman para lanzar veloz por aquel lado toda la fuerza de sus berberiscos. Se acometieron con enemigo ánimo ambas huestes y se trabaron con atroz matanza. Por todas partes se veía igual furor y constancia: El Madhí recorría todos puestos animando a sus hombres, que sostenían el encuentro con admirable esfuerzo. Tuvimos que acudir en auxilio de aquellos valerosos muslimes en posición poco ventajosa, y en ese momento el jefe berberisco envió la caballería y toda su guardia eslava a nuestro costado. Sostuvieron aquella acometida mi señor Armengol y sus caballeros con férreo valor, derramando la sangre de los perros africanos como el más feroz de los enemigos. Cedieron en empuje los berberiscos, rechazados con valor en el flanco cristiano por apiñados escuadrones de lanceros. De este modo Ramón Borrell y el Conde de Besalú pudieron dividir sus fuerzas y peleando en los primeros contra los más valientes enemigos, consiguieron reforzar los puntos débiles de Muhammad. Ya la victoria se declaraba de nuestro lado, y los berberiscos se retiraban peleando, cuando mi señor Armengol decidió perseguirlos y acometerlos, preso de una furia incontrolable, pero pagó su temeridad atravesado por una traidora saeta, quedando malherido.

*

Así es como aconteció aquella feroz batalla, en el año mil diez de Nuestro Señor, cuatrocientos de los árabes, año que esa misma tarde y al pie de aquella Colina de los Bueyes, regada de humana sangre y cubierta de cadáveres y heridos moribundos, señalaría El Madhí como el Año de los Francos, que así es como somos conocidos los catalanes por los sarracenos. Glorioso triunfo y vive Dios que muy caro, comprado con noble y preciosa sangre cristiana. Mi señor se moría, nuestros tres venerables prelados habían sucumbido bajo los alfanjes, así como el gran Adalberto, hijo del vizconde Guitardo, y otros muchos y honorables combatientes.
La noche puso fin a tantos horrores. Mi señor, a quien no me habían dejado ver desde la batalla, me mandó llamar. Contemplé en sus ojos la sombra de la parca, a la que se resistía con sereno ardor. Lloré sin pudor en su regazo.
<<No sufras por mí, mi buen Wimarano, fiel amigo y servidor. Te necesito entero para cumplir mis últimos designios. Busca a Saddilz-Allah>> me ordenó. <<Apúrate, que el Señor me requiere a su costado.>>
Pero no pudimos encontrar al hombre que el Conde Armengol demandaba. Comprobé aterrado que nadie parecía conocerlo, ni siquiera Ermesindis, que juró no haber tenido nunca un maestro árabe, con ese u otro nombre. Pregunté a los moros del Madhí, y también a los prisioneros berberiscos. Aquel llamado “Testigo de Dios” había resultado ser finalmente un visitante de humo, un personaje inexistente. Tampoco pude encontrar su bellísimo regalo. El juego de escaques había desaparecido para colmo de mi congoja.
Ante su insistencia, todos pensaron que el Conde de Urgel había caído en el último delirio de la muerte, A mí hallábanme ofuscado de dolor, con la razón perdida.

*

No me atreví a contarle la verdad a mi señor. En su lugar, con el corazón roto, mentí asegurándole que Saddilz-Allah había caído como un héroe en manos de Sulayman.
<<Ach-chitrendj. Sólo un juego>> murmuró muy despacio al saberlo. <<Solo un juego, como la vida, un juego...>>
Fue en aquel momento cuando me mandó traer la caja que hoy entierro y me entregó la pieza del que fue su Rey derrotado, esta hermosa talla de jaspe y plata que creía desaparecida y que ahora contemplo reluciente y misteriosa como el primer día. Empecé a temblar como una hoja al viento.
<<Pero..., mi señor, ¿dónde...?>> sólo pude murmurar, preso de un temor atroz.
<<Llevé la figura conmigo en la batalla>> me confesó con ojos llameantes <<y perdí de nuevo la partida, Wimarano. Ahora, en trance de espirar, estoy convencido de que no debí jugar aquella tarde>> concluyó, mirando por última vez la preciosa figura. <<Retornémosla a la tierra de donde pertenece.>>

*

Mi señor ha tenido fuerzas para soportar en parihuela el duro camino hasta este lugar que comprende todas las riquezas y delicias del mundo que puede gozar un príncipe poderoso. Considera bien pagado con la muerte el precio de haber conocido en vida el paraíso de Medinat al-Zahara. Mi humilde raciocinio, sin embargo, me inclina a dudar incluso de la existencia de esta ciudad espléndida y fastuosa, como si al volver sobre nuestros pasos fuera a desaparecer de pronto y las descripciones que de ella contienen mis palabras se antojaran al punto fabulosas, tanto como lo fue Saddilz-Allah.
Para la eternidad de los tiempos quedará esta caja, esta pieza, estos papeles y mi duda. Armengol, Conde de Urgel, Afranc, Bermond y Armengudi, murió bienaventurado e ignorante de ella, pero hasta que acontezca la hora de mi propia muerte siempre me preguntaré si aquel sabio infiel y misterioso, que venció a mi señor con una pesadilla, era un ángel enviado por Dios para advertirle o era tal vez un heraldo del mismísimo Diablo.

----- ***** -----


miércoles 5 de abril de 2006

Inenarrable.

El otro día leí un post de Amanda reflexionando sobre las barbaridades urbanísticas que se están perpetrando día a día en España. Lo peor es que nos venden este asunto como motor del desarrollo y de la creación de empleo, cuando realmente se trata del caldo de cultivo ideal para la corrupción política, el delito ecológico, la explotación de la inmigración ilegal y el "todo vale" de unos cuantos (demasiados) sinvergüenzas, por utilizar una denominación muy suave. Sin embargo, en ocasiones las palabras sobran. Si tenéis 10 minutos para perder, os ruego que pinchéis el siguiente enlace y os asoméis al horror. Se trata del video completo de lo que encontró la policía en el registro de las fincas del principal encausado en el "Caso Malaya" de Marbella. Sinceramente, hiela la sangre.



En este caso se cumple a rajatabla la frase del inventor del chicle, Thomas Adams: "el ambicioso sube por escaleras altas y peligrosas y nunca se preocupa de cómo va a bajar. El deseo de subir ha anulado en él el miedo de la caída". Si además esa ambición se construye sobre el soborno, la extorsión, el robo camuflado, el compadreo y la aquiescencia de unos cuantos políticos sin escrúpulos llega un momento que uno puede llegar a sentirse todopoderoso.

Y además creo que coincidiréis conmigo en considerar que el video, aparte de aberrante, demuestra un mal gusto absoluto del personaje en cuestión.

lunes 3 de abril de 2006

Paseo nocturno


Descargo los pasos
en la calle vacía.
Es un simple romance
entre yo y las baldosas,
la cerámica triste
que revoca mis versos
elevando a sonata
la canción de mis botas.
Entrecruzo trayectos
con fugaces insomnes
y me alejo resuelto
de unos pobres mendigos,
aparto la mirada
y frunzo el entrecejo
sin reconocer que huyo
de mi propio destino.
Reverberan las almas
en paredes cansadas
que sin rubor escupen
vahídos de nostalgia
y me escapo deprisa
sin querer alcanzarme,
no sea que de pronto
reconozca mi cara.
Descargo los pasos
y la calle me vuelve
a recordar, urgente,
que me debo a la vida:
en el hogar me esperan
amores y rutinas,
la dulcísima patria
de mi esposa y mi hija.